jueves

OPINIÓN | Un alumno de Josefina Aldecoa recuerda su legado

Serrano, 182

Josefina Aldecoa, retratada por Ángel Casaña. | MÁS IMÁGENES

Recuerdo el jardín sembrado de gramíneas, las ventanas del colegio decoradas con los trabajos de fin de curso de los mayores y mi primer poema, con siete años, corregido a conciencia en su despacho, con lápiz rojo.

Recuerdo su insistencia ante mis dudosos resultados académicos y mis faltas de ortografía. Su voz serena y tranquila.

Recuerdo su confianza.

Recuerdo sus decisiones salomónicas, siempre ecuánimes, y sus entradas para apaciguar escaramuzas infantiles en la clase.

La primera vez que entendí la palabra justicia, justicia con mayúsculas, también la recuerdo.

Recuerdo esporádicas visitas al chalé de Mazcuerras, en nuestra Cantabria querida.

Recuerdo los cafés interminables de los mayores, mientras su nieto Ignacio y yo jugábamos en la finca.

Recuerdo los viernes por la tarde, después del recreo, viendo cine. Recuerdo mi vocación, y su aprobación. Las clases de teatro y los murales de arte.

Recuerdo la complicidad especial, recuerdo sentirme seguro al cruzar las puertas del colegio y muy inseguro tras abandonarlas, para continuar en otros, al terminar octavo.

Recuerdo su seguimiento en mis primeros años de vida profesional, aún en el Estilo.

Recuerdo su parsimoniosa retórica, y su incisivo discurso.

Recuerdo su cálida y cariñosa presentación de mi primera novela, y sus abrazos de beneplácito.

Recuerdo su observadora mirada de abuela, cuando le presenté a la que hoy es mi mujer.

Hoy, toda la familia estamos de luto. Toda la gran familia del Estilo, educados por esta gran señora. Hoy ha muerto buena parte de mi infancia. Y sé que sin sus palabras de aliento, todo será un poco más difícil.

Hoy, viste de negro un país entero, que gracias a Josefina Aldecoa, ha conseguido evolucionar, generación tras generación, en igualdad, educación y tolerancia.

Los que hemos tenido el privilegio, también con mayúsculas, de ser sus 'nietos', la lloramos.

...Hoy recuerdo tantas cosas, que se mezclan con tantas lágrimas...

miércoles

in memoriam - Josefína Aldecoa

Hoy ha muerto Josefina Aldecoa, directora del colegio en el que estudié.

Supongo que en unos días seré capaz de escribir algo que me ayude a lidiar con esta tristeza tan profunda que tengo. Solo diré, ya que tiene que ver con este blog, que Josefina y Gaba, mi profesora, fueron las dos primeras personas que leyeron lo que una pequeña paula escribió para un trabajo de clase, a los 9 años y creyeron que aquello merecía la pena. En un tiempo en que la inmediatez, la vulgaridad y la arrogancia dominan la educación y puede que la vida, faltan colegios como el mio y personas dirigiéndolos como ella.

Os dejo aquí una entrevista que concedió ante la publicación de un libro sobre la historia del colegio:

Historia de un centro escolar que se adelantó a su época

PALOMA CORREDOR (Aula de EL MUNDO)

“Quería algo muy humanista, dando mucha importancia a la literatura, las letras, el arte; un colegio que fuera muy refinado culturalmente, muy libre y que no se hablara de religión, cosas que entonces eran impensables en la mayor parte de los centros del país”. Son palabras de Josefina Aldecoa, escritora y directora del colegio al que se refiere este párrafo: el colegio Estilo.

Ahora, esta filosofía no sorprende a nadie, pero es que el colegio Estilo se creó en 1959, cuando España empezaba a recuperarse de la posguerra y vivía bajo la dictadura franquista. Por entonces no abundaban precisamente los centros escolares donde estudiaran juntos niños y niñas y la educación fuera laica, personalizada y artística.

Ahora, la historia de esta escuela ha quedado recogida en un libro titulado Memoria de un colegio. Estilo, una experiencia de educación en libertad sobre la base de la comunidad. Su autora es la periodista Amalia Castilla, que presentó el libro recientemente en Madrid, en un acto donde acudieron muchos amigos y antiguos alumnos, rodeando a Josefina Aldecoa.

Además de directora del Estilo, Aldecoa es escritora. Desde muy jovencita se rodeó de intelectuales. De hecho, adoptó el apellido de su marido, Ignacio Aldecoa, uno de los nombres más importantes de la literatura española de los años 50, ya fallecido. Junto a él y a otros amigos, como la también escritora Carmen Martín Gaite, Josefina concibió la idea de montar un colegio diferente. No querían que sus hijos acudieran a escuelas franquistas.

Y así, sin más experiencia previa que su tesis doctoral, que trataba sobre la educación, y lo que había observado en colegios de Estados Unidos e Inglaterra, Aldecoa y su hermana se lanzaron a la aventura de dirigir el centro. Al principio sólo tenían 20 alumnos, todos pequeñitos, y a muchos de ellos los llevaban a casa en un taxi al que su dueño colocó un cartel con el nombre del colegio, como si se tratara de la ruta. Pero allí no había presupuesto para lujos. Las directoras cobraban un sueldo bastante modesto, el mismo que los profesores. Tampoco había uniformes: Josefina no quiso quitar a los niños la libertad de vestirse como les diera la gana.

El experimento funcionó muy bien desde el principio. Al segundo curso ya casi se había duplicado el número de alumnos, e incluso hoy en día hay lista de espera para matricularse en el centro. Llama la atención el hecho de que los apellidos de muchos de los alumnos son sobradamente conocidos; eso se explica si tenemos en cuenta que sus padres son, casi todos, intelectuales y artistas de los años 50, amigos de los Aldecoa. Algunos de ellos, como Carlos Saura hijo.

Ex alumnos

“Ir al colegio nunca nos supuso un trauma”

P. C.
“Me sorprendió que mi hijo mayor no tuviera miedo de ir al colegio. El primer día que le llevamos se puso a jugar, y no paraba. Era maravilloso, porque nosotros veníamos de la educación siniestra de la posguerra: no te educaban para vivir bien, sino para morir bien. Pasábamos mucho miedo. En mi colegio nos obligaban a rezar el rosario casi a oscuras”. Son palabras de Rafael Azcona, uno de los mejores guionistas del cine español, que llevó a sus hijos al Estilo y acudió a la presentación del libro de Amalia Castilla.

Azcona añadió: “Se dice que la juventud actual es mala, pero yo creo que, gracias a centros como éste, los chicos son mucho mejores que los de mi época”. Carlos Saura, hijo del director de cine y ex alumno, tiene recuerdos parecidos: “Ir al colegio nunca supuso un trauma. Hasta el despacho de la directora era cálido, no transmitía una impresión de poder. Aprendíamos poco a poco, los profesores nos conocían a todos y nos orientaban. Nos encantaba aprender.”

Los antecedentes

Amalia Castilla, la autora del libro, recordó los antecedentes del colegio Estilo, que recogió el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), nacida a principios del siglo XX. Se refirió también al colegio Estudio, que se creó poco antes que el Estilo con una filosofía similar.

“Se había hablado mucho de la ILE , pero no de la semilla que sembró en la época de la posguerra. Por eso en el libro hablamos de la historia del centro y de su entorno sociopolítico. También del presente y del futuro del centro, que ahora está en manos de la hija de Josefina”. Amalia destacó que “los alumnos de ahora son muy distintos de los de antes, están más solos y al mismo tiempo se les bombardea con información”.

En el libro se presta especial atención a la importancia que esta escuela ha dado siempre al arte. Este párrafo explica el porqué: “Los trabajos de arte ayudan a resolver los conflictos porque, de algún modo, les permiten tomar confianza. Las clases de Plástica son las favoritas de los alumnos, primero porque no hay exámenes, y segundo porque pueden pasarse de la raya cuanto quieren”.

----------------------------------

Por Almudena Agulló

La trayectoria de Josefina R. Aldecoa (La Robla, León, 1926) está íntimamente ligada a la literatura y la educación. En esta entrevista admite sin tapujos la influencia de su marido, el escritor Ignacio Aldecoa, del que lleva el apellido, en su carrera literaria. Josefina formó parte en su juventud del grupo literario de la revista Espadaña y su experiencia narrativa es larga: es autora de cuentos A ninguna parte, 1962; de volúmenes autobiográficos Los niños de la guerra, 1983; de novelas, La enredadera, 1984, Historia de una maestra, 1990. Desde hace 42 años dirige el colegio Estilo de Madrid, donde se vuelca de lleno en la educación de sus alumnos. Recientemente ha coordinado el libro La Educación de nuestros hijos (Temas de Hoy), una guía para padres y profesores, en la que rompe la línea de su obra literaria.

Generación XXI.-¿Por qué ha cambiado de registro en su último libro?

Josefina Aldecoa.-La idea no fue mía; cuando me lo encargaron dije que no, porque me quitaría tiempo para mis otros libros. Pero luego me propusieron coordinarlo y que cinco especialistas hicieran un capítulo, y accedí. Yo prefiero escribir narrativa o libros de cuentos, porque siempre he leído mucho y he estado muy vinculada al mundo literario, en parte, por mi marido. Sin embargo, este libro puede ser muy útil para los padres, porque muchas veces se preguntan si estarán educando bien a sus hijos. La ventaja no es un libro científico o para científicos, y tampoco es de divulgación; es un libro con un lenguaje que huye de los términos que no puedan entender los padres, y creo que está cargado de sentido común y de un intento de adaptación a la sociedad de hoy. España ha cambiado tanto, que hay desconcierto en los padres, profesores y alumnos.

GXXI.- Como educadora y escritora, ¿cómo ha percibido el cambio en la sociedad?

J. A.- Antes de que muriera Franco, ya había empezado a cambiar la sociedad, ya que los cambios sociales van siempre por delante de los políticos. En los años sesenta, la gente cambió en muchos aspectos en España, y ya se respiraba el ansia de libertad, que se reflejaba en la literatura. Pero hasta los años setenta, los cambios no son oficiales, y uno de los principales problemas es el uso de la libertad en todos los sentidos. Entonces, en educación, se plantean problemas, como por ejemplo, no reñir al niño para no crearle un trauma o dejarle que haga un poco lo que quiera; dónde poner los límites o si no hay que ponerlos. Hay un afán de querer hacerlo bien y a la vez no ser autoritarios, y eso también tiene un peligro porque se puede caer en una anarquía total. Y en este contexto, crecieron muchos universitarios de hoy.

GXXI.- Usted compaginó trabajo y familia cuando ninguna mujer lo hacía, ¿qué ocurre ahora?

J. A.-La principal diferencia es que ahora la madre trabaja, y antes no. El problema se da, por tanto, a la hora de conciliar el trabajo y el cuidado de los hijos. Este problema es a veces un verdadero tormento para la mujer, y como eso debe ser así por encima de todo, ya que una de las conquistas de la mujer en el siglo XX es el trabajo, pues la sociedad y las instituciones tendrían que colaborar, ayudando a la mujer a seguir adelante. En mi época, efectivamente, yo fui pionera, porque escribía y, además, monté un colegio. Pero en la actualidad, que la mujer está plenamente integrada en el mercado laboral, habría que exigir medidas, como la flexibilidad de horarios para la madre, sobre todo, hasta que sus hijos tengan una edad determinada. Esto ocurre ya en otros países europeos, por lo que España debería adaptarse y no quedarse en segundo lugar. Yo, cuando monté el colegio, tampoco sabía qué hacer con mi hija, que tenía cuatro años. Por eso, inicialmente, este centro surgió como jardín de infancia para acoger a los hijos de mi grupo de amigos, que estaban en mi situación.

GXXI.- Entonces, ¿la fundación del colegio fue fortuita?

J. A.- Totalmente. La idea de hacer este colegio a mí no se me habría ocurrido nunca, pero había hecho la carrera de Filosofía y Letras, y la especialidad de Pedagogía, luego el doctorado, y, después, estuve un año con una beca en Nueva York, por lo que tenía muy buen formación. No pensaba abrir una escuela, pero, por un lado, no podía ocuparme de mi hija, y por otro, a la vuelta de EE UU había visto colegios tan maravillosos allí -porque el año 59 de España era gris, muy cerrado y triste en todo los sentidos-, que me animé

GXXI.- Sin embargo, ¿tiene vocación de educadora?

J. A.- Sí, porque ahora no hay tanto problema de colegios como entonces, sin embargo, sigue sin arreglarse bien lo de la educación y el tipo de personas que viene aquí sigue reclamando una educación laica, liberal y abierta; en definitiva, algo distinto de la educación tradicional que se impartía en España que, aunque ahora ha mejorado mucho, hay todavía un fondo de educación, que no es lo mismo que enseñanza, que es retrógrado. Actualmente, la situación ha cambiado mucho. Por ejemplo, hoy no me plantearía abrir un colegio, mientras que en aquel momento era una necesidad de un grupo de amigos. El colegio desde el principio se nutrió de gente del mundo cultural, porque mi marido era escritor y yo también, y los alumnos eran hijos de escritores, de pintores, de gente del cine, periodistas, y otras muchas profesiones, pero siempre personas muy interesadas por la cultura, que querían un lugar donde se diera mucha importancia a las humanidades. Hasta el año 75 querían que fuera una educación en libertad intelectual y en libertad mental.

GXXI.- ¿Vivió en su carne los valores que ahora transmite? ¿Ha heredado su vocación docente?

J. A.- Mis valores y mi vocación vienen de mi formación personal, porque mi madre y mi abuela las dos eran maestras que participaban de la ideología del Instituto Libre de Enseñanza, una institución que nación a finales del siglo XIX con idea de renovar la educación en España, y luego mi madre fue maestra en la República, que fue un momento en que se dio un gran impulso a la educación con un matiz mucho más europeísta y se pretendía adelantar mucho la educación en el país, pero la etapa fue muy breve y no se logró. Por un lado, yo tenía ese mensaje personal, pero luego todo lo que había leído, todo lo que me había interesado por mi cuenta, aparte de la carrera que la hice en un momento muy retrógrado, yo leía mucho de educación y me apasionaba. Aunque nunca había pensado dedicarme a la educación y dirigir un colegio, pero como fenómeno social creía y sigo creyendo que la educación es lo más importante en un país.

GXXI.- ¿Las generaciones de ahora tiene mayor carencia afectiva?

J. A.- Sí, y se deriva de que ahora trabajan el padre y la madre, y a lo mejor llegan los dos muy tarde a casa. Y ahí hay un vacío. Entonces, lo que ocurre ahora, es que hay un mayor contacto el fin de semana, pero es que el día a día lo que necesitan los hijos, sobre todo, en edades cortas. Los niños ahora tienen de todo, porque los padres les compran cosas para compensar su falta de dedicación. Aunque los padres hacen lo posible por darles todo tipo de cariño, no disponen de tiempo para estar con ellos, sobre todo, en las grandes ciudades. Lo que más necesitan los hijos desde que nacen es el afecto. Hay que tener en cuenta que el problema de la soledad no tiene que ver con el afecto, ya que un puede haber compañía sin atención. Y la atención cariñosa a los problemas es muy importante, y a veces los hijos no lo perciben. Por tanto, hay que tener un contacto que no va más allá de lo material.

GXXI.- ¿Qué ha aprendido de los jóvenes? ¿Le han motivado para escribir?

J. A.-He aprendido muchísimo, porque los niños y los jóvenes siempre enseñan al adulto, y muchas veces están marcando lo que tienes que hacer sin decir una palabra. Y comprendes cómo quieren que reacciones. Por su puesto que me han motivado para escribir y han sido fuente de inspiración, porque tienen mucha imaginación, que plasman en sus trabajos. Mis libros de cuentos han nacido gracias a ellos.

domingo

whitman de domingo

¡Oh, mi yo! ¡oh, vida! de sus preguntas que vuelven,
Del desfile interminable de los desleales, de las
ciudades llenas de necios,
De mí mismo, que me reprocho siempre (pues,
¿quién es más necio que yo, ni más desleal?),
De los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos
despreciables, de la lucha siempre renovada,
De lo malos resultados de todo, de las multitudes
afanosas y sórdidas que me rodean,
De los años vacíos e inútiles de los demás, yo
entrelazado con los demás,
La pregunta, ¡Oh, mi yo!, la pregunta triste que
vuelve - ¿qué de bueno hay en medio de estas
cosas, Oh, mi yo, Oh, vida ?

Respuesta

Que estás aquí - que existe la vida y la identidad,
Que prosigue el poderoso drama, y que
puedes contribuir con un verso.

walt whitman

miércoles

mi casa

Mi casa es la pastilla del colesterol de mi padre, su no culo, su mano manchada de grafito, su hablar con su cuerpo, su forma de coger el lapiz mientras piensa y sus andares en calzonzillos de rallas por el salón. Mi casa es mi madre, despierta y siempre dormida de día y noche pero atenta. Enmemoriada y dispuesta, la piel de su olor, su mirada. La lucha de ambos. El valor de la vida. Los lápices de colores japoneses de los jefes. Mi casa es el periodico y el hueco en el sofá. El debate de mi padre y el dato curioso. El despertar de domingo de beatles y sección constructiva a plumilla. Los documentales. Es el chiste escatológico de la cena, mi cabreo por los coches y las pivis y el abrazo apretado a diario y a cada hora. Son los primeros pasos que vi en el mundo, es la primera sonrisa y la nana de por las noches, compartir cuarto y los dinosaurios. Es la esperanza de un sueño porvenir. Mi casa es el estado independiente del Líbano leones, sus consejos en mi cabeza, su alma libre, su tiento. El johny, las patatas fritas y la sala de arquitectura. Las fiestas y el serrín. Mi casa es la entrega de urbanismo de la noche anterior. La chispa vital que pasta por aravaca. El refugio que guardo en canillejas. Viví en san bernardo , ten la 420 y ahora voy de zorrilla, y bebo mucho café. Me río hasta llorar, a carcajadas, aprendo a cantar y sobre la vida, conozco más de mí y me cuido más. Pruebo y quiero. Es tener siempre un sitio y a alguien, una mesa una commda, una casa un sofá y un tiempo concedido. Es siempre una nueva oportunidad. Es Tenerife mi casa y muchos momentos.
Mi casa es una cubierta de barco en el río de la plata, o cualquier bar a media tarde. Mi casa es la fuerza de la determinación que viene desde el Norte. Mi casa es mi mail y mi teléfono de hora y media. Las piedras del pacífico que tengo en la mesa, mi libro de chejov, mi pessoa, mi rilke joven poeta subrayado. Las postales de Eva, nuestra pollería y el olor a arena de recreo. Los paseos después del cine, el escorzo del Carrión, el círculo, la azotea y un desconocido en una sala a oscuras con una mujer partida en dos. The national y una copa de vino para celebrar. Mi casa es caminar por Madrid con el aire seco que precede al invierno mientras los ojos se hacen vidriera de la Gran Via. Es la noche de botellón y chino de chinos en debod. Mi hogar esta en los veranos entre abuelos, entre Fuentecén de Roa y usera; desde debajo de la mesa hasta la luna, el agujero por el que llegábamos a la casa de Pruden y los escalones del rellano con Robertito. Mi casa es el refugio del Inca y sus literas. A veces vivo en Salamanca y me siento muy querida, y aprendo sobre la valentía y la cultura. Mi casa esta flotando en las aguas turquesa de una playa perdida de Cerdeña, en la coincidencia, la comprensión y la frescura, en el respeto y la lealtad más sincera. Mi casa son los ositos de gominola, las pulseras y salir a las cinco y media para llegar a las seis. Mi casa se esconde en un tartar de atún. Aún sigo pasando por Carabanchel y aún veo a Leolo, entre sueños, por el valle de los avasallados. Aún llevo atado al meñique el hilo que erigí en nuestra defensa, para volver con premura hasta tu puerta, algún día. Mi casa es la música y el espacio. Mi casa es Marta, los conciertos que me ha regalado durante años, lo que he descubierto, los que he sentido y oido con ella. Mi casa son las chuches a deshora y la noche más abierta que cerrada. El helado de verano, bilbao y malasaña, el interrail, las confidencias presentes, pasadas y futuras, los detalles y los calamares de antojo. Lo que me apetecería ahora y el - por qué no vamos a -. Las fambruesas. Es la carcajada por el pálido pasillo, las sillas buenas y malas. Aprender. La vulnerabilidad y el final de una carrera. Sabina y los paseos a la vuelta, la aventura. Mi casa esta entre las dos y las siete de una madrugada cualquiera de una noche cualquiera en mi cuarto de penumbras rodeada de acuarela, papel de croquis y lápices de colores. Es mirar fijamente y decir cualquier cosa. Es.

Vivo en el espacio que hay entre esto y eso , en el tiempo que hay entre eso y aquello.

sábado

lunes

San Valentín y Santa Valentía

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.

León Felipe

(Hacer costra de la herida, dejar que cure, se pierda, y quede flexible, se torne amable, mire de frente y pasee de nuevo una vez más sin rastro de experiencia, ya sin costra ni herida. Limpia. Una vez más. ¿Cuantas más? ¿Quién sabe?)

cassette, viajes nocturnos y niñez



Con su permiso voy a dentrar aunque no soy convidado pero en mi pago un asao no es de naides y es de todos. Yo voy a cantar a mi modo después que haya churrasqueado.
Yo sé que muchos dirán que peco de atrevimiento si largo mi pensamiento pal rumbo que ya elegí. Pero siempre ha sido así galopiador contra el viento.
La sangre tiene razones que hacen engordar las venas. Penas sobre pena y penas hacen que uno pegue el grito. La arena es un puñadito, pero hay montañas de arena.

No se si mi canto es lindo
o si saldrá medio triste
nunca fui zorzal ni existe
plumaje más ordinario,
yo soy pájaro corsario
que no conoce el alpiste.

Vuelo porque no me arrastro
que el arrastrarse es la ruina,
anido en árbol de espina
lo mesmo que en cordillera
sin escuchar las zonceras
del que vuela a lo gallina.

No me arrimo así nomás
a los jardines floridos
sin querer vivo advertido
pa' no pisar el palito:
hay pájaros que solitos
se entrampan por presumidos.

Aunque mucho he traqueteado no me engrilla la prudencia, es una falsa experiencia vivir temblándole a todo. Cada cual tiene su modo la rebelión es mi ciencia.
Yo soy de los del montón no soy flor de invernadero igual que el trébol campero crezco sin hacer barullo me apreto contra los yuyos y así lo aguanto al pampero.
Acostumbrado a las sierras yo nunca me se marear y si me siento alabar me voy yendo despacito pero aquel que es compadrito paga pa' hacerse nombrar.
Si me dicen señor; agradezco el homenaje mas soy gaucho entre el gauchaje y soy nadie entre los sabios y son para mi los agravios que le hagan al paisanaje.

La vanidad es yuyo malo
que envenena toda huerta
es preciso estar alerta
manejando el asadón
pero no falta el varón
que la riega hasta en su puerta.

El trabajo es cosa buena es lo mejor de la vida pero la vida es perdida trabajando en campo ajeno unos trabajan de trueno y es para otros la llovida.
El estanciero presume de gauchismo y arrogancia. El cree que es estravagancia que su pión viva mejor mas no sabe ese señor que por su pión tiene estancia.
El que tenga sus reales hace muy bien en cuidarlos pero si quiere aumentarlos que a la ley no se haga el sordo que en todo los pucheros gordos los choclos se vuelven margos.

Yo vengo de muy abajo
y muy arriba no estoy
al pobre mi canto doy
así lo paso contento
porque estoy en mi elemento
y ahí valgo por lo que soy.

Cantor que cante a los pobres
ni muerto se ha de callar
pues ande vaya a parar el canto
de ese cristiano
no ha de faltar el paisano
que lo haga resucitar.

Si alguna vuelta he cantado ante panzudos patrones he picaneado las razones profundas del pobrerío. Yo no traiciono a los míos por palmas ni patacones.
Si uno canta coplas de amor de potros de domador del cielo y las estrellas dicen que cosa más bella si canta que es un primor; pero si uno como Fierro por ahí se larga opinando, el pobre se va acercando con las orejas alertas y el rico bicha la puerta y se aleja reculando.
Tal vez, alguien haya rodado tanto como rodé yo pero le juro, créamelo que vi tanta pobreza que yo pensé con tristeza: Dios por aquí no paso.

Nadie podrá señalarme que canto por amargao. Si he pasado las que he pasado quiero servir de alvertencia: el rodar no será ciencia pero tampoco es pecado.

Amigos voy a dejarlos
está mi parte cumplida
es la forma preferida
de una milonga pampeana
canté de manera llana
ciertas cosas de la vida.

Ahora me voy no se a donde
pa' mi todo rumbo es bueno
los campos con ser ajenos
los cruzo de un galopito
guarida no necesito
yo se dormir al sereno.

Y aunque me quiten la vida
o engrillen mi libertad
o aunque chamusquen quizá
mi guitarra en los fogones
han de vivir mis canciones
en el alma de los demás.

No me nombren que es pecado
y no comenten mis trinos
yo me voy con mi destino
pal' lao donde sol se pierde
tal vez alguno se acuerde
que aquí canto un argentino.

(atahualpa Yupanqui - Jorge Cafrune)

viernes

proceso de relectura

...Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al adormecido dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la mascara a un par de ídolos generalmente respetados, comprar un boleto al olvido o al no me importa, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente...

...El que haya gustado los otros días, los malos, los de los ataques de gota o los del maligno dolor de cabeza clavado detrás de los globos de los ojos, y convirtiendo, por arte del diablo, toda actividad de la vista y del oído de una satisfacción en un tormento, o aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío interior y de la desesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y esquilmada por las sociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, la humanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de hojalata, concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo enfermo; el que haya gustado aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con estos días normales y mediocres como el de hoy; lleno de agradecimiento se sentará junto a la amable chimenea y con agradecimiento comprobará, al leer el periódico de la mañana, que no se ha declarado ninguna nueva guerra ni se ha erigido en ninguna parte ninguna nueva dictadura, ni se ha descubierto en política ni en el mundo de los negocios ningún chanchullo de importancia especial; con agradecimiento habrá de templar las cuerdas de su lira enmohecida para entonar un salmo de gratitud mesurado, regularmente alegre y casi placentero, con el que aburrir a su callado y tranquilo dios contentadizo y mediocre, como anestesiado con un poco de bromuro; y en el ambiente de tibia pesadez de este aburrimiento medio satisfecho, de esta carencia de dolor tan de agradecer, se parecen los dos como hermanos gemelos, el monótono y adormilado dios de la mediocridad y el hombre mediocre algo encanecido que entona el salmo amortiguado. Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas ...

Hermann Hesse

jueves

Si estás muerto, ¿por qué bailas?

Siempre me había gustado el título de esa película de Alfredo Landa y pensé súbitamente en él en el pasado Festival de Cannes. Mientras las estrellas más rutilantes del cine mundial efectuaban ese curioso paseíllo a caballo entre parada de los monstruos y desfile de moda que sucede sobre una alfombra roja, escuché a Catherine Deneuve -la última estrella europea, con permiso de Jeanne Moreau- murmurar entre dientes que se dibujaban a través de sus labios teñidos de granate intenso, mientras miraba con una cierta conmiseración a los fans que la aclamaban apostados a la entrada del Palais: "Supongo que estos serán los que también vendrán a mi funeral, así que voy a bailar para ellos". E inmediatamente avanzó hacia el centro de la alfombra y se pintó en su cara ese amago de sonrisa, que es la marca de la casa, que ofreció a los fotógrafos enfervorecidos y a los cazadores de autógrafos que rugían "¡Catherine!".

La actriz de Tristana y Repulsión encarna a un pedazo de la historia del cine, de un cine que no sé si murió, como dice Peter Greenaway, cuando se inventó el mando a distancia, pero que hoy a mucha gente se le antoja tan periclitado como los móviles con antena o los cigarrillos mentolados.

La comunión con la pantalla que excluía al mundo exterior y permitía al espectador una experiencia personal, intransferible y fuera del tiempo está agonizando. Mal que nos pese, esa densa oscuridad del fuera de campo de una sala de cine está dando sus últimos coletazos. Ver una película en casa, sea en un monitor de televisión o en la pantalla de un ordenador es un acto de consumo cuyo fuera de campo es la cotidianidad: los niños que juegan, la cafetera que silba, el desorden en las estanterías, la vida doméstica que lima la abstracción que propone una película, cualquier película.

El espectador de hoy, mientras ve una película en su ordenador, come, fuma, twitea, contesta correos, cuelga comentarios en los muros de los amigos. Así son las cosas. La relación entre lo visible y lo invisible se ha modificado. La noche artificial en la que te sumerge una película vista en una sala no tiene ya el carácter sacro que tenía para muchas generaciones de espectadores.

Esa banalización del disfrute, unida a la asombrosa ceguera de avestruz de los canales de distribución, que si viven en el mismo planeta que los espectadores lo disimulan muy bien, hace que el acto de descargar una cinta no cree ningún problema en los internautas. Una película en este momento de la historia es un entretenimiento escasamente relevante comparable a unos cromos de un álbum que no nos emocionan especialmente y que se cambian cuando uno ya los tiene repetidos o medio vistos.

Las películas ya no modelan nuestros puntos de vista sobre el amor, la política, la historia, las relaciones: han dejado de ser fundamentales. Ignorar esta disminución de la influencia del cine en la vida es algo que los cineastas no podemos permitirnos ignorar. La nostalgia, aunque inevitable, es un error (Simone Signoret dixit) que puede costarnos la supervivencia.

Es nuestro deber saber (o intentarlo al menos) dónde estamos y avanzar, aunque sea a ciegas y con multitud de traspiés, hacia algo que no conocemos aún, pero que nos va a llevar muy lejos de la zona de confort donde estamos instalados. Arriesgar, experimentar, explorar lo desconocido, poner lo mejor de nosotros en lo que hacemos sin tener el ojo puesto en la taquilla, el prestigio o nuestra propia vanidad es el único camino posible que se me ocurre. No es, por supuesto, nada nuevo: es exactamente lo que preconiza Rilke en Cartas a un joven poeta, el único libro que recomiendo cuando me dan la oportunidad de dar clase en alguna escuela de cine.

En los últimos tiempos he tenido conversaciones con cineastas de todo el mundo, desde estudiantes que están empezando a estudiar cine, hasta gente consagrada como Stephen Frears, John Sayles, pasando por Wim Wenders, Kore Eda, Olivier Assayas, Agnès Varda o Alejandro González Iñárritu, y estas son las pocas pero contundentes conclusiones a las que todos llegamos: hacer películas en las que creamos absolutamente. Con o sin dinero. Documentales, epopeyas, docudramas. Con o sin ayudas institucionales. Cortos, largos de ficción, mediometrajes, minipelículas de minuto. En 70 milímetros o con una aplicación del iPhone. Para las salas de cine, para la Red, para la tele o para una proyección en el terrado de nuestros vecinos.

El cine, gracias a las nuevas tecnologías, afortunadamente ya no es el tren eléctrico más caro del mundo, como decía Orson Welles. Otra cosa es que los que quieren hacer cine quizás lo que en realidad quieren es un instante de esplendor en la alfombra roja. Algo pasajero, burbujeante, efímero, banal. Y si me preguntan, muy muy aburrido. Son cosas diferentes y, a menudo, contradictorias.

Las rencillas de patio de colegio que tienen un eco, a mi modo de ver completamente sobredimensionado, en las páginas de los periódicos estos últimos tiempos y que tienen por protagonistas a miembros de la Academia, son una pintoresca cortina de humo que oculta los temas que he señalado antes: la pérdida de peso del sector cinematográfico en el concierto de la cultura, el abismo entre quiénes somos y lo que representamos, la incomprensible confusión entre instituciones y personas.

Los problemas del cine español -como los problemas del cine en todo el mundo- tienen que ver con una disminución gradual de los espectadores en circuitos convencionales. Asusta mirar las estadísticas: 140 millones de espectadores en 2004 (por no retroceder aún más), 104 millones en 2008. En 2010, las salas perdieron un millón de espectadores al mes. Los datos difieren según los diferentes estudios, pero todos coinciden en que la bajada de 2010 ha sido la más pronunciada. Repito: no solo en España. También en los países donde hay un control de las descargas del que aquí carecemos y donde es posible por un precio más que razonable bajarse una película y sus extras, con todas las garantías.

¿Estos espectadores que han dejado de ir al cine son los que se bajan las películas en la Red o se las compran a los chinos que venden por los bares (que cada vez se ven menos)? Yo creo que no. La gente deja de ir al cine por múltiples razones: porque pierden el hábito, porque no hay nada en la cartelera que les motive, porque prefieren gastarse 100 euros en una entrada de fútbol, porque se enganchan a las series de HBO, porque tienen niños y sale por un pico el cine y las horas de canguro o porque, simplemente, pasan: no es algo importante en sus vidas, lo arrinconan hasta el olvido.

¿Es posible recuperarlos? No lo sé. Lo único que sé es que en este momento en que nos encontramos, más que nunca, el deber de un cineasta es construir un punto de vista sobre la realidad (y en eso incluyo a cualquier tipo de cineasta, desde el más oscuro y minoritario al más comercial), saber dónde está, empaparse de las cosas que pasan (aunque luego haga una película de zombis en el espacio) y empeñarse en ser lo más libre que pueda.

Aunque duela. Aunque te pongan a parir. Aunque dé vértigo. Porque aunque el cine haya muerto, los cineastas vamos a seguir bailando. Es el único favor que podemos ofrecer a los espectadores. Ojalá aún estén dispuestos a bailar con nosotros.

EL PAÍS - ISABEL COIXET

miércoles

domingo

['' ] & [ '']

Porque te tengo y no
Porque te pienso
Porque la noche está de ojos abiertos
Porque la noche pasa y digo amor
Porque has venido a recoger tu imagen
Y eres mejor que todas tus imágenes
Porque eres linda desde el pie hasta el alma
Porque eres buena desde el alma a mí
Porque te escondes dulce en el orgullo
Pequeña y dulce
Corazón coraza.
Porque eres mía
Porque no eres mía
Porque te miro y muero
Y peor que muero
Si no te miro amor
Si no te miro.
Porque tú siempre existes dondequiera
Pero existes mejor donde te quiero
Porque tu boca es sangre
Y tienes frío
Tengo que amarte amor
Tengo que amarte
Aunque esta herida duela como dos
Aunque te busque y no te encuentre
Y aunque
La noche pase y yo te tenga
Y no

(Mario Benedetti)

Paseo


Paseo,de Arturo Ruiz Serrano

martes

A R. T. H. B - Invictus

En la noche que me envuelve,
negra como un pozo insondable,
doy gracias al dios que fuere
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias
no he gemido ni llorado.
Ante las puñaladas del azar
si bien he sangrado, jamás me he postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror,
no obstante la amenaza de los años
me halla y me hallará sin temor.

Ya no importa cuán recto haya seguido el camino,
ni cuántos castigos lleve a la espalda,
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.

William Ernest Henley

jueves

0.20 14.01.11 1+1?

lisandro aristimuño y liliana herrero

De un momento a un gesto se convierte en fría calavera
Y una lágrima se cae en medio de una vida entera
Desde adentro sale una canción que no vale la pena
Solo es una nota que se escapa con el aire de una vela
Cuando la novela se descargue del todo
búscame al final de tu ladera
envuélveme en el plástico de tu perfume
déjame caer otra vez

Como se abren las ventanas dentro de mi casa nueva
Donde corta el brillo de la noche desde tu ceguera
que sera del viejo calendario que vivió mis días
quien me dibujo ahí sentada por el resto de mi vida
cuando la novela de descargue del todo
estaré subiendo la escalera
envuelta en la nostalgia de tu perfume
volveré a caer otra vez
otra vez volveré a caer otra vez, otra vez.

el gran tute

el gran tute
y la vida al desnudo