Primero el interprete "junior" presenta su propuesta, su interpretación del supuesto que esta estudiando, el interprete "senior" escucha analíticamente y después comienza el diálogo entre lo que ambos interpretan, los factores o puntos inamovibles, los elementos que pertenecen a una opción personal y, lo que resulta; lo que se transmite en la obra tomando según y qué camino. A mi me ha parecido interesantísimo ...
martes
pianissimo
Primero el interprete "junior" presenta su propuesta, su interpretación del supuesto que esta estudiando, el interprete "senior" escucha analíticamente y después comienza el diálogo entre lo que ambos interpretan, los factores o puntos inamovibles, los elementos que pertenecen a una opción personal y, lo que resulta; lo que se transmite en la obra tomando según y qué camino. A mi me ha parecido interesantísimo ...
a
Me acomodo en algunas palabras.
Soy capaz de recogerlas y soltarlas,
puedo recordarlas a voluntad,
puedo decirlas directas o con segundas
y hasta a veces hacer chistes con ellas
aun siendo palabras de las más serias
incluso científicas.
Son los pasos de alguien por el idioma con el que va creciendo.
En realidad, te recuestas y vas creciendo dentro del idioma.
Lo que significa la verdad con nueve años ya nunca vuelve a significarlo,
pues se engorda y complejiza.
Lo que sientes como amor también va cambiando,
lo que denominas amigo, familia, cariño,
los que crees mayores y pequeños …
Hay cosas que ensanchan en la boca como la belleza o como el miedo
e igualmente hay cosas que lentamente vas perdiendo,
como la magia o la certeza.
jueves
vocación
Mientras, en el ordenador, comentaba via internet los gustos y disgustos de las escaleras; mejores y peores diseños, precios, ideas sobre ligereza, materiales más entonados o más bonitos, habilidad al fin y al cabo de un oficio que se cree que puede con todo y a veces puede. El oficio de los que se atreven a crear el lugar donde otros van a vivir. Me declaro enamorada de mi oficio: la arquitectura. Y la salvo, discúlpenme la franqueza, de todos aquellos tontos que malentienden lo bueno y lo confortable cambiándolo como si de un rastrillo se tratase por oros y brillos, eso no es arquitectura sino incultura. ¡No es arquitectura señores!. Arquitectura es, ese sitio en el que estuviste en el que te sentías a gusto y no sabías muy bien por qué, igual ni recuerdas como era, pero volverías. Esa casa que te acoje cada vez que vas, en la que no tienes nunca frio en invierno, ni calor en verano, ... Ese museo en el que todo parece mejor, al que vas una y mil veces, y recorres sin esfuerzo. Esa ciudad en la que se vive bien, por la que pasea la gente, de parque en parque, de casa en casa, esa mesa en la que siempre te apetece comer aunque tengas la del salón, ese color del estudio que te encanta, que te dá vida, esa ventana de luz por la mañana, ese bloque donde los trasteros están a mano, donde puedes dejar la bici, ese lujo de merendar en la azotea contemplando la ciudad y el verde vegetal en la nariz y esos grandes grandes sitios, cuando uno sin saberlo entra en Santa Sofia, y toca el cielo con los ojos y con el alma.
(es dificil simplificar un amor tan complejo por algo tan elaborado como es la arquitectura pero, no podía dejar pasar la ocasión de declararme a ella, ahora que parece que los que amamos este oficio somos meros amantes del dinero ¡ no señores !)
miércoles
Singulares y plurales
Por: Ángel Gabilondo | 15 de febrero de 2012 EL PAÍS
Algunas confusiones personales, sociales y políticas se sostienen en el hecho de no diferenciar lo individual de lo singular. Y suelen concretarse finalmente en algo parecido a “sálvese quien pueda”, “yo a lo mío”. En tal caso, el individualismo no tiene especiales dificultades para convivir con el egoísmo, incluso para identificarse con él. Disfrazado de contención en uno mismo, sin inmiscuirse en los asuntos ajenos, más bien se alimenta de una desconsideración para con lo colectivo y lo comunitario.
Con tal planteamiento, lo interesante sería casi exclusivamente la entronización del individuo y ello supondría la máxima expresión de la libertad, la libertad individual. Nada que objetar por supuesto a la reivindicación de esta libertad, si bien deberíamos detenernos en algunas consideraciones que no tratan de limitarla, sino de concretarla. Por ejemplo, conviene no desatender la posibilidad de que tengan razón quienes afirman que en verdad no seremos del todo libres hasta que no lo seamos todos.
Hegel sospecha de una noción de individuo que se reduce a proclamarse persona, lo que no está mal pero es insuficiente. En última instancia, es una declaración de derecho abstracto. Pareciendo centrarse en lo más próximo, resulta ser un himno a la indiscriminada indiferencia.
Así que no faltan quienes hacen proclamas sobre los derechos abstractos de las personas (no digamos el despropósito de denominarlas “personas humanas”), pero a quienes cuesta más reconocer todos sus derechos y obligaciones concretos, y tratarlos como miembros, en todos los sentidos y con todos los efectos, de una comunidad.
Esta estructura de Los Principios Fundamentales del Derecho de Hegel nos ayuda a definir que ser persona es lo específico del individuo universal abstracto, ser sujeto lo sería del particular y ser miembro activo de una comunidad es lo que nos hace ser alguien singular y concreto. Sólo se es diferente en comunidad. De lo contrario, se es indiferente.
Llegar a ser singular tiene importantes consecuencias socio-políticas. Saber que nadie vivirá mi vida, que nadie dirá mi palabra, que nadie morirá mi muerte es reconocerse en lo común, hoy tan desconsiderado. Y es comprometerse en una tarea colectiva que siente que no se agota en los intereses individuales.
Está claro que cuando la situación es más complicada hay una tendencia a refugiarnos en nuestra individualidad, y no faltan quienes lo alientan. Al abrigo de la supuesta intemperie común, se ve afectada la solidaridad, la fraternidad ilustrada, la disposición a reconocer al otro en su diferencia. Cuanto es común se pone bajo sospecha. La crisis podría resultar una buena coartada para la insensibilidad para con los otros.
Pero incluso para abordar nuestra propia situación, precisamos de los demás. No sólo es que hemos de lograrlo juntos, con ellos, es que ellos precisan de nosotros. Es que ellos son también nosotros, aunque no los consideremos “de los nuestros”. La singularidad nos hace ser otros, y ello nos permite decir, “nosotros”, que siendo otros, somos sin embargo conjuntamente. Hay individuos que no son nada plurales.
Si no somos capaces de una tarea común, de una búsqueda compartida, el individualismo y el egoísmo se erigen en la máxima expresión de incapacidad social y política y entonces no cabe eludir nuestra responsabilidad, mayor o menor, pero responsabilidad, la de no ser capaces de generar espacios comunes, es decir, de comunicación y de comunidad. Y según la posición que adoptamos en estos asuntos se ven concernidas nuestras opciones de vida. Tales planteamientos, supuestamente alejados de nuestra existencia cotidiana, determinan nuestros valores y nuestras convicciones, nuestras decisiones y nuestras elecciones.
(Imágenes: Juan Muñoz, "Singular, plural, singular" y "Singular plural")
viernes
y ahora
jueves
9 de febrero
miércoles
lunes
miguel brieva y el mundo
sábado
viernes
gélido

lunes
poema guía para hoy; lunes friolero
mientras que te despiertan los trenes y los pájaros.
Tienen prisa los días cuando buscan contigo
la ropa de los lunes en la estación de Atocha
y el mar de los veranos en las flores de plástico.
Cielos limpios, Madrid, para tu solo de invierno.
Yo me como las eses, pero me siento tuyo,
y soy azul sin nubes igual que los plurales,
igual que el viento sur sobre las carreteras,
como la cortesía de la palabra mundo.
Barra libre, Madrid, para el desconocido
que duerme en la mañana y conspira en la noche.
Y bienaventurados los que temen al campo,
los que viajan en metro, los que paran un taxi,
los que nunca se pierden en la paz del desorden.
Los últimos amigos han cerrado la puerta.
Buenas noches, Madrid, otro whisky con hielo.
Agradezco tus ascuas a los pies del balcón.
Brindemos por la luz rota de las estrellas
que hace guardia en las casas a través de los sueños.
Luis García Montero (Vista Cansada)
domingo
nana granaína
duermen los niños
uno y otro descansan
hechos ovillo.
En la cuna del aire
miran y sueñan
Álvaro más tranquilo
y Manuel dando guerra.
Alargando la mano
estrujando el futuro.
Lo agarran con fuerza
pues saben que es suyo.
Una vida sencilla,
gominolas y sueños
pedorretas en el aire
molinillos de viento.
Colorear las paredes
de sonrisas muy leves
ser un suave susurro
¡a dormir mis pequeños!
ser caricia y arrullo
¡a dormir mis guerreros!
Ya habrá tiempo, mis fieras
de viajar a Macondo
perseguir bumeranes
ser más truhán que Romeo
ser deseo infalible.
Ser un cándido Eros
que moldea su risa
que la vida es espesa
que no cabe la prisa.
Y os aviso rubitos
que la lucha no acaba
que merece la pena
que ha llegado la hora
de dejarse llevar
de hacer más ejercicio
de leer poesía
de pintar monigotes
de escribir, de volar.
de vivir sin sufrir si se puede
de quedarse guardando el abrazo
el espeso plumaje que estorbe
al comando del “puede que sea”
al equipo del “mío o de nadie”.
Hablaremos de brujas
sembraremos estrellas
trazaremos la ruta
y la luna con ellas
será fiel compañera
caminante de noches;
donde no caben cobardes
el crepúsculo bucea.
En la cuna del aire
duermen los niños
uno y otro descansan
hechos ovillo.
En la cuna del aire
miran y sueñan
Álvaro más tranquilo
y Manuel dando guerra.
(colaboración con Ladies&monkeys)
viernes
el lector
es un matiz que se te escapa,
como escapan las hojas del aire del otoño.
Nunca sabrás cuán lejos anduviste de lo austero
hasta pararte en el centro mismo en que habita la austeridad.
Desde ahí, y tan siquiera, podrás contemplar la vida de los otros.
No lograrás sentir quebrar una lágrima
mientras no sepas lo pesada que cae cuando soporta la nostalgia
o cuando alimenta el puro deseo insatisfecho.
Pues apenas existió fugaz entre tus brazos, imprevistos,
un equilibrio que postrero secueste mi pecho jadeante de porvenir.
Será el matiz que defina un mundo al que nunca perteneciste
alimento del puro deseo insatisfecho.
domingo
oh, lacrimosa op.48 (1926)
II.
Nada más que un hálito es el vacío,
y aquel verde sentimiento
de los árboles hermosos: ¡un hálito!
Nosotros, los todavía inhalados
hoy aún inhalados, contamos
esa lenta respiración de la tierra,
de la que nosotros somos su prisa.
sábado
lunes
lo que tararéo últimamente
...y aprovecho para recomendar la peli para los que llegaron a disney un poco tarde!
sábado
miércoles
La gran piñata
JAVIER GOMÁ LANZÓN 30/12/2011
En Navidad parece obligado asistir a alguna entrañable función de villancicos infantiles y escuchar a esos angelitos cariacontecidos que, con ademán de autómatas alienados, cantan que a san José le han robado los calzones. Con todo, hay otra escena que juzgo aún más desconcertante. Me refiero a la costumbre de amenizar los cumpleaños de nuestros hijos con una piñata. La rompe de un bastonazo el pequeño protagonista de la fiesta, los dulces se derraman y los chavales se arrastran tristemente por el suelo: a la vista de los regocijados padres, culebrean con avidez, luchan a codazo limpio por acumular, empujan y tiran de alguna posesión discutida y al final se retiran a un rincón para el recuento del botín. Una exacta metáfora de la avaricia competitiva del mercado, al cual no tardarán en incorporarse esos rapiñadores de golosinas. A la vista de las recientes reformas educativas, tardarán cada vez menos.
Ortega y Gasset dijo que las universidades deben cumplir tres misiones: enseñar una profesión, preparar investigadores y formar hombres cultos. Los bienes involucrados en cada una de ellas son distintos: se aprende una profesión por razones prácticas y en función de su utilidad social; la investigación académica persigue el conocimiento teórico; ser culto es un imperativo emparentado con la propia dignidad de ciudadano. Un buen sistema universitario debería saber conjugar los tres bienes de forma armónica y equilibrada.
Una minoría de estudiantes, tras obtener un título, permanece en la universidad desempeñando funciones académicas de docencia y de investigación. La inmensa mayoría busca colocación en el mercado laboral (empresas o Administraciones públicas). Y todos, idealmente, habrían de ser personas cultivadas. En este punto la Universidad continúa la labor de las escuelas. Sería deseable que éstas cumplieran al menos dos nobles cometidos: inculcar al niño hábitos cívicos de convivencia (el aula como laboratorio de la ciudad) y trasmitirle amor.
Sí, amor: amor por las disciplinas mucho más que conocimiento positivo de ella. Durante los años escolares no hay tiempo para que el pupilo asimile siquiera los rudimentos de literatura, lengua, matemáticas o física, pero si "ha aprendido a aprender" enamorándose de estas asignaturas, dispondrá del resto de su vida, y en particular los años universitarios, para profundizar autonómamente en ellas. Y así, la intimidad desinteresada con estos saberes acabará decantando en esa conciencia una visión del mundo bien articulada a partir de la cual estimar los muchos logros de la sociedad en la que vive y también criticar, cuando procede, sus desviaciones y excesos.
Las actuales reformas "a la boloñesa" de la Universidad española postergan temerariamente la misión de formar hombres cultos en beneficio exclusivo de la preparación de profesionales. Oímos que la Universidad ha estado demasiado alejada del mundo laboral y que lo prioritario ahora es crear puentes con la empresa. Por eso los nuevos planes prevén pocos años de estudio para obtener un título universitario, conocimientos técnicos especializados y aplicados, y muchas prácticas desde el primer curso. Mutilada la Universidad de su misión educativa, el resultado previsible será la producción industrial de una masa abstracta de individuos preordenados para competir y producir, tan hipercompetentes como incultos, autómatas como los niños cantores de villancicos, ávidos consumidores de escasa civilidad como los del cumpleaños. Empezarán a trabajar antes que nunca y se jubilarán más tarde que nunca, lo que, privados de conciencia crítica, romos en su visión del mundo, asegura más de medio siglo de dócil mansedumbre a las leyes del mercado, diciéndose a sí mismos lo que el cínico personaje de Galsworthy en su novela La saga de los Forsyte: "¿De qué le sirve al hombre salvar su alma si pierde sus propiedades?".
Lo más chusco del asunto es que precisamente lo inútil, lo desinteresado, la curiosidad errática y sin objetivo fijo, las horas infinitas aplicadas al cuidado de sí sin mira de rentabilidad, la mocedad extraviada y enamorada, todos esos ingredientes del otium activo contrapuesto al neg-otium tendrán a la postre un efecto positivo en el universitario que busca trabajo porque servirán para distinguirlo, entre aquella masa indistinta, con un perfil individualizado más atractivo para las empresas. De manera que los jóvenes deberían integrarse no antes sino después en la economía productiva, lo más tarde que puedan permitirse, emulando a esos jóvenes ingleses del siglo XVIII que hacían el grand tour durante años por Europa para acumular experiencias y refinar su buen gusto antes de ocupar una posición en el mundo. Claro que el mozo vuelve hecho un espíritu libre y eso comporta riesgos. Lewis Rayce, protagonistas de uno de los relatos de Vieja Nueva York, de Edith Wharton, lo sufrió en sus propias carnes. Cuando mostró la colección de cuadros que había reunido tras errar dos años por Europa, su padre, un autoritario hombre de negocios, lo desheredó. En lugar de comprar un Giulio Romano o un Salvadore Rosa, a la moda en 1840, había reunido pinturas de unos desconocidos Mantegna, Giotto y Piero della Francesca. Su exquisito gusto estético fue una desgracia para él, que murió deprimido, pero, años más tarde, su familia, venida a menos, se hizo inesperadamente rica con su incomparable colección de primitivos italianos.
Hoy que viajamos a lugares remotos del planeta en vuelos low cost y la tecnología nos pone en contacto con todas las tendencias culturales, ese grand tour debería ser un viaje más interior que exterior hacia las profundidades de la propia intimidad destinado a apropiarse del propio yo y hacer de él una materia menos controlable, menos dócil, más resistente a la voz autoritaria. Nada en contra del mercado, ¡faltaría más!, cuando sabe servir al ciudadano: también a mí me gustan las golosinas. Pero como tiende a reducir al hombre a servidumbre (léase consumidor acrítico), conviene estar en guardia.
Protesto contra una universidad que parece haber sustituido aquel antiguo lema de la academia platónica "nadie entre aquí que no sepa geometría" por este otro: "Prepárate para la gran piñata".
el gran tute
y la vida al desnudo




